Hay un pensamiento que te vuelve. Vuelve en la ducha, vuelve a las tres de la mañana, vuelve mientras conduces. Y llevas años intentando lo mismo con él: razonarlo.
Esta es la práctica que se llevaron a casa las doce personas del retiro del sábado pasado en Vic. Treinta segundos, sin material, y es la más útil de todas las que enseño.
Por qué razonarlo no funciona
Cuando un pensamiento se repite, lo primero que hacemos es discutir con él. Explicarnos por qué no debería importarnos, buscarle sentido, comprenderlo mejor. Y no funciona, y encima nos sentimos idiotas por no conseguirlo.
No funciona por un motivo concreto: ese pensamiento no vive en la parte de ti que razona.
Es una costumbre. La neurociencia lo llama red neuronal por defecto: tus neuronas llevan años conectándose por el mismo camino porque es el que conocen, y cada vez que lo recorres lo dejas un poco más marcado. Yo en la sala lo llamo la charlatana — esa voz que va repitiendo lo mismo en bucle, con las mismas frases, desde hace años.
A un surco no se le razona. Se le interrumpe. Y luego se le deja de recorrer.
La práctica, paso a paso
- Detecta y no empujes. Cuando notes que ha llegado, no intentes quitártelo de encima. Empujar es alimentarlo.
- Míralo tres segundos, como si fuera de otro. Qué pasaba, con quién estabas, cómo te hizo sentir. Sin meterte dentro: observándolo desde fuera. Esta parte importa más de lo que parece, porque es la que rompe la identificación.
- Visualiza unas tijeras grandes justo encima de tu cabeza. No te esfuerces en que sean bonitas. Serán las que tu cabeza te dé.
- A la de tres, córtalo. Uno, dos, tres. Corta.
- Respira hondo una vez y vuelve a lo que estabas haciendo. Sin comprobar si ha funcionado.
Ya está. Treinta segundos, de pie, en el metro, en tu mesa de trabajo. No estás resolviendo nada: estás sacando el pie del surco.
El detalle que más me gustó del sábado
Después de hacerlo, pregunté al grupo qué tijeras habían visto. Esperaba respuestas etéreas y me encontré con esto: una las vio de jardinería. Otro, de sastre. Y una mujer dijo, muy seria, «de cocina, de esas de antes, las que cortaban pollos».
Nos reímos, y es la mejor señal de que estaba funcionando. Nadie se estaba imaginando nada espiritual: cada uno usó lo que su cabeza le dio a mano. Eso es exactamente lo que tiene que pasar.
Qué hacer cuando vuelva (porque va a volver)
Aquí es donde la mayoría abandona. Cortas el pensamiento, y a los diez minutos está otra vez ahí. Y concluyes que no ha servido.
Ha servido. Lo que pasa es que estás desmontando una costumbre de años y eso no se hace en una pasada. La primera semana vuelve cada rato. La segunda, menos. Y llega un punto en que aparece, lo reconoces y ya no te arrastra: se queda a la puerta.
Tres cosas que ayudan:
- No lleves la cuenta. Comprobar si funciona es volver a mirar el surco.
- Empieza por un pensamiento pequeño, no por el más gordo que tengas. Se entrena como todo: por abajo.
- Si el pensamiento trae una acción pendiente —una conversación que debes tener, un correo que no has enviado—, esto no la sustituye. Ahí el bucle es un aviso, no una costumbre. Haz la acción.
La segunda práctica: lo único que de verdad para la cabeza
En la sala alguien preguntó si es posible no pensar en nada. La respuesta honesta es que no: la función de la mente es generar pensamientos, igual que la del corazón es latir. Pedirle que pare es pedirle que deje de ser lo que es.
Pero sí hay una manera de bajar el volumen, y solo hay una:
Observar la respiración. No pensar en ella —eso es más pensamiento—, sino observarla. Notar el aire entrando, notar el aire saliendo. Un minuto.
Suena decepcionante de tan simple. Lo he probado con todo lo que ha caído en mis manos durante treinta años y sigue siendo lo único que funciona sin fallo. Las tijeras cortan un pensamiento concreto; la respiración baja el ruido de fondo. Se complementan: primero respiras un minuto, luego cortas.
De dónde sale esto
Esta práctica es parte del Nivel I de Prácticas Energéticas Cuánticas (PEC), dentro del Método 5L: un día presencial en Vic (Barcelona) con un aforo máximo de 12 personas, porque doce es el número con el que puedo corregir a cada uno de cerca.
Y quiero decir con claridad qué es y qué no es ese día, porque prefiero que vengas sabiéndolo. La mañana es teoría: cómo se construye el personaje que crees que eres, las cinco heridas desde las que decide, y por qué repites los mismos patrones con caras distintas. La tarde es práctica energética, y ahí se trabaja con herramientas —el péndulo, la medición del campo, la limpieza— dentro de un marco espiritual explícito. No es un taller de relajación ni un curso de neurociencia: es un trabajo espiritual con método. Si eso te echa para atrás, mejor que lo sepas hoy y no el sábado por la mañana.
La inversión es de 237 €, con opción de señal de 87 €, y el Nivel II es el 3 de octubre (250 €). También se imparte en Valencia con TAFAE como centro colaborador, y en las próximas semanas se abren nuevas ciudades: las iré anunciando por aquí, en los correos y en redes sociales, y estarán siempre actualizadas en la web.
Si quieres el contexto completo: qué pasó de verdad en el último retiro, el protocolo de las 72 horas para que lo aprendido no se caiga, la agenda hora a hora, qué pasa si no has hecho esto nunca y por qué es en Vic.
Ver el próximo retiro de Nivel I en Vic
Pero no hace falta que vengas a nada para usar las tijeras. Pruébalas hoy con un pensamiento pequeño. Treinta segundos.
